2.9.08

Leizean Murgilduz XV. Rodolfo Serrano

Fue pura casualidad que diera con su blog en internet. Ni siquiera me acuerdo. Cuando llegué creo recordar que topé con alguno de los muchísimos poemas que cuelga habitualmente. De lo que no tenía ni idea era de que ya había sabido de él, sin saberlo. Ya había leído palabras salidas de sus manos, o de donde salgan las palabras. En un ratito os explico por qué.

Tan sólo ha publicado dos libros de poesía ("Especial para cócteles" y "Al oeste hay apaches"), y como él me escribió una vez, "casi por casualidad", aunque ha escrito otro tipo de libros. Es periodista y actualmente es director del periódico digital Nueva Tribuna del que ya hablé en su día.

Cuando leo sus poemas veo algo tan sencillo con la vida misma. El día a día de una persona normal pero que sabe contar con mucho gusto y sensibilidad aquello que le sucede. Se intuyen hechos reales que calan en el alma, que no pasan desapercibidos, quizás porque nada debería pasar desapercibido. Sin duda el amor. El amor es la vida casi a todas horas. Rodolfo Serrano mira atrás muchas veces, en el recuerdo casi todo se puede vivir de nuevo, pero también mira alrededor, también los temas sobre los que escribe en las editoriales de Nueva Tribuna son susceptibles, cómo no, de ser versados.

Ahora os dejos aquí algunos poemas de "Al oeste hay apaches" (Exlibris Ediciones, 2008) y alguno encontrado en su blog pero, antes de que se me olvide, os doy una pista con la que entenderéis que ya hace tiempo había sabido de sus escritos. Pasen por aquí.


De todas las historias

De todas las historias, y si puedo, he de elegir la nuestra.

La que nunca saldrá en los calendarios ni en los libros escritos.

La que tu y yo dejamos escrita en las paredes y en las sábanas.

Aquella que no tiene hazañas que contar más allá de nosotros.

De todas las más bellas epopeyas, prefiero la marcada

en tus labios benditos, la heroica odisea de una noche contigo.

El cansancio sin sudor de los dioses en cualquiera madrugada,

la conquista sin sangre de aquella fortaleza que llamaba tu cuerpo.

De todas las historias, me quedo con tu nombre.

Aunque nadie lo sepa. Aunque ya no sea mío.



Insomnio

La soledad maldita, maldita hija de puta,
cada noche aparece rompiendo las esquinas,
se cuela por ventanas y agujeros, se instala
en los rincones más íntimos del alma.

Uno quisiera entonces encontrar una mano,
un espejo de aguas marinas, unos brazos
donde encontrar refugio. O tal vez solamente
una taza caliente de colacao, un cigarro.

Un verso, por ejemplo de Sonia, o una carta
olvidada en el último cajón de la mesilla.
Una radio que suene con música de Mozart.
O el recuerdo bellísimo de tu nombre en mi boca.

Cualquier cosa que salve los labios del mordisco
brutal de esa maldita, maldita hija de puta.
Cualquier cosa que sirva para hacer que el reloj
galope desbocado hasta esta fría mañana.



La iglesia consagra a nuevos beatos de la Guerra Civil

Tenemos ya más santos que estrellas en el cielo.
Y los viejos demonios de la historia están vivos.
El infierno es espacio donde se oculta el hombre
que murió con los golpes de una cruz enjoyada.

El Dios de los cristianos se alimenta de sangre
y tiene un paraíso de rezos y venganzas
y posee el derecho de admisión reservado.
-cancerberos de fuego guardándole las puertas-.

Jesucristo maldice todos los evangelios
y los santos no saben del valor de otras almas.
Hay un ángel sin alas con espadas hambrientas
y apóstoles de llanto que rechazan la vida.

Suben las oraciones exigiendo la muerte
hasta el club exclusivo donde sólo hay memoria
en el rincón oscuro de viejas sacristías
donde la guerra es santa y son sucios los besos.

Calaveras y huesos exentos de pecado
alfombran los caminos que conducen al cielo.
Hay un olor a incienso y a cuerpos en la hoguera
que aroma letanías y amasa nuevos santos.



Emisión de Radio Pirenaica

I

Estos días, padre, y en este sol de la infancia
me viene tu recuerdo como un viento caliente,
el aire que en verano acunaba las siestas
y secaba el camino por donde tú llegabas.

Recuerdo tus silencios en las noches más frías.
Cuando, sentados juntos, madre contaba historias
y tú te sonreías del pavor a los muertos.
Y decías: "A quien hay que temer es a los vivos".

Luego, más tarde, supe, padre, que tus temores
venían de muy lejos y habitaban cercanos
en las calles de tierra y en las casas de adobe
y te ahogaban el pecho y el corazón de polvo.

De la guerra no hablabas, aunque, de tarde en tarde,
nos dejabas mirar la metralla azulada
que aún tenías en el cuerpo y nosotros pasábamos
los dedos por aquellas cicatrices de hierro.

El miedo de los vivos te ha acompañado siempre.
Y puso entre tus brazos el dolor de las cosas,
cuando España no era sino la historia triste
más triste de todas las historias posibles.

Te recuerdo en la noche cuando en la vieja radio
buscabas entre ruidos que estaban prohibidos
la esperada noticia de que, al fin, aquel año
un viento bien distinto lo barrería todo.

Pero nunca llegó aquello que esperabas.
Ni siquera más tarde, cuando todo cambió
pudiste pronunciar unas nuevas palabras.
Era la historia otra. Y eran otras las cosas.

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