11.6.07

¿Qué nos queda?

Desde que los terroristas dejaran muy claro hace unos días que están muy dispuestos a seguir matando la sociedad vasca, y la española en general, está sumida en un limbo extraño de falta de esperanza y vuelta a la rutina de saber una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. A pesar de lo sucedido en la T4 en diciembre es cierto que la situación seguía siendo un tanto excepcional, con esto no estoy restando importancia a aquel atentado ni mucho menos pero creo que las cosas estaban en un punto extraño que ni era tregua ni era “comandos totalmente operativos”. Ahora no hay lugar a las dudas y todos tenemos claro que mañana, pasado mañana o al otro esta gentuza volverá a pegar un tiro, poner una bomba o lo que más a mano tengan.


Yo me encuentro también en ese incómodo malestar que destila la supuesta impotencia de mis palabras o mis actos. Hace pocas semanas unas elecciones locales vinieron a ratificar una vez más que los ciudadanos vascos no soportamos las directrices que unos desalmados pretenden imponer. Nos dicen que esa es nuestra labor, emitir un voto que hará que las instituciones se dediquen a respetar nuestra voluntad. Todos sabemos que esto no es así del todo o casi nada pero ahora en lo que estoy pensando es en aquellos que van por libre sí o sí.

ETA se suele presentar como una organización que lucha por la ciudadanía vasca, para conseguir las metas que nos hemos puesto y que desde dos estados fascistas nos quieren negar. Escribir esta frase me ha costado por lo absurdo e hipócrita de la misma, lo reconozco. Siento que mis manos están atadas ante esa situación, siento que puedo alzar la voz como ya hago, que puedo abrir camino, que puedo mostrar mi posición pero lo que no siento es la respuesta que me gustaría recibir. Si el 94% de la sociedad vasca dice bien claro que se niega a la tutela de los terroristas y, más aún, que exige su desaparición, pero no hay una respuesta por parte de los que están al margen de la ley, ¿qué nos queda?

Yo siempre he creído que un rechazo frontal de la sociedad a esta gente supondría su desaparición inmediata pero empiezo a sospechar que la cosa no es tan sencilla. O quizás sí y no hayamos sido demasiado claros a la hora de expresarnos. Quizás no valga con salir a las calles, quizás no valga con darles la espalda o incluso con tenderles la mano (que todo lo hemos intentado). Pero entonces pienso y vuelvo a mi desesperación. ¿Acaso la única solución es que les rechacen quienes nunca lo harán? Posiblemente sí y entonces puede que estemos perdidos. Ellos siempre antepondrán sus fines políticos al derecho a la vida pero resulta que el orden de los factores sí altera el producto. Soy un firme defensor del derecho a decidir qué queremos ser o dejar de ser, sobre negociar entre ciudadanos cómo nos queremos organizar, etc. Pero todas estas iniciativas políticas dónde quedan si me niegan la palabra o la vida.

Estoy muy triste, Yolan está triste, mucha gente está triste y creo que muchos de nosotros tenemos la misma sensación de no saber qué podemos hacer y sentimos que da igual la cantidad de pasos que damos si al final los que nunca han avanzado no están dispuestos a hacerlo.


Oskar: ¿Por qué estás triste?


Yolan: Porque no quiero que en Euskal Herria haya un grupo terrorista.

Simple. Escalofriante. Se llama Realidad. De apellido Triste.

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