14.6.07

Carta a la Comunidad de Entrevías

Me ha llegado de mi amigo Ricardo esta interesante carta a propósito del conflicto que existe con la Comunidad de San Carlos Borromeo de Entrevías (Madrid), hecho del que ya he hablado en alguna ocasión.

11-Junio-2007 José Mª Castillo

Queridos amigos de San Carlos Borromeo:
He leído la homilía de ayer, día del Corpus Christi, del arzobispo de Madrid, Antonio Rouco, en la que se lamenta “con profundo dolor de los abusos y profanaciones de este sacramento de los que hemos sido testigos en nuestra diócesis y que apartan a sus autores de la comunión en la fe y en la vida eclesial”.

Por las informaciones que he tenido de cómo se celebra la Eucaristía en la parroquia de San Carlos Borromeo en Madrid, nadie se ha quejado de que en esa celebración se hagan cosas contrarias a la fe de la Iglesia. Lo que se hacen son cosas que no se ajustan a la liturgia oficial de la Iglesia. Ahora bien, el cardenal de Madrid se lamenta de “abusos y profanaciones” por causa de lo que se hace en la parroquia, que, a juicio del cardenal, “apartan a sus autores de la comunión en la fe y en la vida eclesial”. Es decir, para el cardenal de Madrid, lo que aparta de la comunión en la fe es, no el error en una cuestión dogmática, sino el incumplimiento de normas litúrgicas.

Dicho de otra manera, el cardenal de Madrid pone la comunión en la fe en una cosa que no es un asunto de fe, sino que es la observancia de normas litúrgicas o de costumbres y tradiciones, que, como es bien, sabido han cambiado a lo largo de los siglos y han sido muy distintas en las diferentes tradiciones. Para el arzobispo de Madrid, la comunión en la fe se identifica con la uniformidad litúrgica, es decir, la uniformidad ritual o la obediencia ceremonial. Si, efectivamente, en la parroquia de san Carlos Borromeo no se ha negado la fe de la Iglesia en lo que es lo dogmático de este sacramento, resulta extraño que un cardenal de la Iglesia no sepa con precisión una cosa que es tan elemental en la teología cristiana.

El problema de fondo, me parece a mi, está en que muchos de los altos cargos eclesiásticos tienen la marcada inclinación a confundir el boato y la pompa en que ellos se mueven con lo que es la tradición de la Iglesia. Y jamás deberíamos olvidar que la tradición de la Iglesia sobre la Eucaristía empezó con una cena sencilla de un grupo de personas que se despedían definitivamente de Jesús. Una cena de la que nadie fue excluido, ni siquiera Judas. Una cena que era la culminación de las numerosas comidas de Jesús con publicanos y pecadores. Comidas de las que tampoco Jesús excluyó jamás a nadie. Al cardenal de Madrid le vendría bien recordar que la Eucaristía se celebró, al menos hasta el siglo III, durante una cena, que no era precisamente un “acto litúrgico”, tal como eso se entiende ahora, sino que era eso, una cena en la que los comensales lo ponían todo en común, como explica, por ejemplo Tertuliano en el Apologeticum.

Sólo muchos años más tarde, cuando la Iglesia se mundanizó, se acomodó a las conveniencias e intereses del Imperio, entonces fue cuando en la Iglesia se introdujeron una serie de costumbres, usos y expresiones de pompa y boato, que nada tienen que ver con la tradición original de la Eucaristía y sí tienen que ver (y mucho) con las ambiciones de poder y mando que marcaron al Imperio y a sus magnates. Ponerse mitras, casullas de oro y brocados, llevar báculos y aparecer como aparecen los grandes de este mundo, todo eso es lo que verdaderamente aparta de la auténtica tradición de la Iglesia, de la original y fundante tradición que san Pablo recibió del Señor. De donde resulta que, cuando el cardenal de Madrid dijo el día del Corpus lo que dijo, y cuando dijo todo eso revestido de pompa y boato, en realidad quien estaba más lejos de la original tradición de la Iglesia era él y no aquellos a los que él acusaba, los curas de San Carlos Borromeo, que serán hombres con sus defectos, nadie lo duda, pero por lo menos no hacen de la Eucaristía un motivo de exhibición del propia cargo y de la propia categoría, sino que congregan a gentes sencillas u de buena voluntad o simplemente a personas que encuentran allí la acogida que ciertamente no encuentra en la Almudena.

José M. Castillo
Granada





Amén.

1 comentario:

Ricardo dijo...

Gracias por compartirlo. Es necesario hacer difusión de la Iglesia en la que creemos.

Un beso grande