5.12.06

Un claro ejemplo

Dentro de poco haré una presentación de lo que es la revista en la que tanto Manu como yo somos redactores. Se llama Goitibera y este es el primer artículo con el que he participado desde que formo parte del equipo:

Nos movemos en esa línea ínfima que separa tener los pies anclados a la realidad que nos rodea y la meta utópica que tenemos como horizonte. Caminar sobre esta cuerda floja resulta un equilibrio complicado donde la única red que nos espera debajo es la convicción con la que damos nuestros pasos, la creencia en nuestro estilo.

El ritmo que nos imprime el estilo de vida generalizado hace muy complicado el mantenernos sobre la cuerda sin dar bandazos, manteniéndonos firmes. Y más complicado aún supone convencer a otras personas de que nos acompañen en este camino. Donde nosotros vemos una senda quizás arriesgada pero esperanzadora, mucha gente alejada de nuestras asociaciones solo ve un gran salto al vacío sin sentido. Supongo que la solución sería construir puentes amplios y sólidos donde pudiéramos caminar sin tantos miedos.

Hace unos años encontré un puente. Y sin duda, al cruzarlo, puedo decir que estaba mucho más cerca de la meta que nos marcamos que de la realidad general que nos inunda. El nombre del puente era Artosilla, la forma del mismo es llamada Ecoaldea.

Para que una comunidad o asentamiento humano sea denominado Ecoaldea debe cumplir una serie de características ecológicas, socioeconómicas y culturales. Los primeros se basan en el respeto al medio ambiente y también en el consumo responsable de los recursos, haciendo hincapié en la producción propia de alimentos ecológicos y la construcción con materiales naturales. Las actividades económicas de una ecoaldea están destinadas a asegurar la estabilidad de los miembros con una organización horizontal del trabajo. La misma comunidad intenta asumir la salud y la educación y la toma de decisiones se hace entre todas las personas de la comunidad evitando la delegación de poder. En cuanto a los aspectos culturales las ecoaldeas destacan por ser lugares donde se favorece la expresión de los seres humanos. Los miembros de las mismas dan especial relevancia a la cohesión de los grupos y a la aplicación de técnicas de resolución de conflictos.

Muchas de estas cosas las empiezas a intuir en cuanto llevas unas horas conviviendo en uno de estos pueblos. En seguida uno se da cuenta de que la vida allí no tiene demasiado que ver con la que la mayoría de las personas llevamos. Se parece bastante más a lo que hacemos todos los veranos con nuestros grupos eskaut, con la notable diferencia de que los campamentos duran 15 días y en las ecoaldeas es un modo de vida continuo.

Era mi último campamento de Trebeak cuando descubrí Artosilla, situada cerca de Sabiñánigo (Huesca). Fuimos a ayudar en la reconstrucción de esta aldea que había sido abandonada en los años 60 y que un conjunto de personas decidió volver a darle vida. Nos encontramos con un pueblo pequeño pero ya habitado, unas pocas familias habían aunado esfuerzos para alzar casas de lo que tan solo eran escombros y ruinas. Y lo habían conseguido, lo estaban consiguiendo.

Nuestra labor consistía en varias tareas como recoger abono, acondicionar una casa derruida para su posterior reconstrucción…Y también tuvimos la oportunidad de compartir con los habitantes de Artosilla su día a día. Hicimos actividades con los niños del pueblo, quizás el ejemplo más claro de lo que supone vivir en un rincón del mundo desde una perspectiva siempre ligada a la Naturaleza. Niños que no entendían sus juegos sin el entorno natural que les rodeaba, no alienados por televisores o videoconsolas, niños y niñas diferentes. Y, hoy por hoy, tras unos cuantos años de monitor, me doy más cuenta de esta diferencia.

En Artosilla pudimos comprobar como el estilo asambleario de los grupos eskaut es extrapolable a la gestión de los recursos de un pueblo. Allí se reunían todas las familias para tomar las decisiones que concernían al presente y futuro próximo de la aldea. Entre todos, todo.

Asistimos también a una reunión que los habitantes de varias ecoaldeas realizaron en un pueblo cercano. Una reunión donde compartían experiencias e ideas para llevar a cabo un desarrollo conjunto y coordinado de las distintas aldeas. También exponían los diferentes inventos creados por diversos habitantes con los cuales se pretendía hacer del desarrollo sostenible una realidad. Y aunque estemos hablando de cosas a una escala mucho menor de lo que supone una sociedad globalizada, estos pequeños oasis son un ejemplo real para los desertizados entornos que son la carta de presentación de nuestro mundo.

Al principio no es sencillo entender cómo pueden alzarse este tipo de mini sociedades tan alejadas de nuestra realidad de consumo. Pero al hablar con las personas de allí ves que tienen una poderosa razón que consiste simplemente en creer firmemente en su apuesta. Es suficiente argumento para los que también creemos en la nuestra. Es suficiente para poder decir “no es imposible”.



Aprovecho éstas líneas para agradecer a Yolan (te quiero peke) y .NaiD. (prepárame una camita en tu casa) la ayuda que me han ofrecido para este trabajo.


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