19.12.06

Leizean Murgilduz IX . Miguel Hernández

Hacía tiempo ya que no escribía nada en esta sección, eso sí, estoy leyendo muchísimo y con lo que ya tenía leído tenemos poesía para rato. Hoy es el turno de uno de los más importantes poetas del siglo XX en España. Miguel Hernández es conocido como "el poeta del pueblo" por la temática con la que da vida a sus versos.

Sin duda marcado por la Guerra Civil va introduciendo la metralla que silba alrededor de todos en aquella época en los poemas que escribe. Desde su militancia republicana canta a la libertad, a la solidaridad humana, a la justicia...y al amor.

Carga, aunque no desde el principio, su fusil de palabras para todo aquello que quiere reivindicar tras su paso por el frente y su cada vez más estrecha relación con otros poetas de su misma ideología y compromiso.

En su diálogo poético con el ser humano rebosa la frustración, el dolor, la amargura que se hace constante en su vida. Desde el amor hasta su enfermedad pasando por las muertes de la guerra, ver su país destrozado...Y leer sus poemas se convierte en un documental dramático que te hace sentir en cierta manera todo este dolor, que se sintió por mucha gente de uno y otro lado en aquella triste y dura etapa de España.

Os dejo con el poeta del pueblo, con unas pinceladas de su obra genial.

ORILLAS DE TU VIENTRE


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.


EL HERIDO

II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.


ACEITUNEROS

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿Quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿Quién,
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuantos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

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